El guión del juego es altamente cinematográfico, especialmente en los
interludios cinemáticos, en un opresivo blanco y negro que delata uno o
dos colores fuertes, como el rojo de la infección, donde vamos
conociendo a Heller y nos hacemos uno con él en su ansia de vengaza.
Heller, a diferencia del Mercer de la primera parte, que es más
melancólico y moral, se antoja brutal, amoral y carente de escrúpulos.
En este sentido son muy divertidas sus apreciaciones verbales durante
las partidas. En realidad, todo el juego está teñido de amoralidad, dado
el contexto de estallido vírico, donde las personas se cosifican y se
reducen a problemas o activos útiles. La Blackwatch (brazo armado de
GenTek, creadora del virus) campa por Nueva York a sus anchas, aplicando
junto al ejército una ley marcial que recuerda a la Europa ocupada por
los nazis. La atmósfera, pues, está muy lograda en cuanto a opresión y
pesimismo general. Y Heller encaja perfectamente como factor
compensador, vaya...
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